Primera parte: una posible solución
En 1978 se publicaba El Camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios, libro que aborda los antiguos ritos iniciáticos griegos del Santuario de Eleusis en honor a las diosas Deméter y su hija Perséfone, a partir de las ponencias dictadas por R.G. Wasson, Albert Hofmann y Carl A. P. Ruck, para la Conferencia Internacional sobre Hongos Alucinógenos, celebrada en Washington en el otoño de 1977.
La colaboración entre los tres autores había surgido a raíz de una propuesta de Wasson a Hofmann, para que este tratara de determinar si en en los ritos eleusinos se recurría a un hongo parásito presente en el trigo, la cebada o el centeno, conocido con el nombre popular de cornezuelo (Claviceps purpurea), como sustancia psicoactiva que facilitara a los participantes una experiencia trascendente.
La conclusión a la que Hofmann llegaba parecía clara, “sí, pudieron haber obtenido un enteógeno del cornezuelo del trigo o la cebada” el cual, diluido en la bebida ritual, llamada Kykéon, que los participantes tomaban durante la ceremonia, les proporcionaría – según Hofmann – una experiencia similar a la de la ingesta de LSD o psilocibina.
La Antigua Grecia y el México prehispánico
“Esto se basa – añadía el químico suizo – en la suposición de que los herbolarios de la Grecia antigua eran tan inteligentes y hábiles como los del México prehispánico” (…), haciendo referencia a las investigaciones de Richard Evans Schultes, y el propio Wasson, con los hongos psilocibios (Psilocybe mexicana), utilizados por los pueblos originarios de la Sierra Mazateca de Oaxaca.
Huelga decir que el uso del cornezuelo en Eleusis como agente psicoactivo sigue en discusión. Así, Wagner (2022) señala algunas objeciones de diversos investigadores al respecto; tales como los complejos efectos secundarios de su ingesta, o la posibilidad de la existencia de otros agentes psicoactivos, en especial la adormidera (Papaver somniferum), la Amanita muscaria o, incluso, el hongo psilocibio Panaeolus papilionaceus.
No abundaremos aquí en la hipótesis que Wasson y sus colaboradores sostienen acerca del uso ritual del cornezuelo, puesto que es bien conocida entre quienes se interesan por la historia de los psiquedélicos.

De mystes a epoptes
Pero una vez puesto nuestro foco en Eleusis, nos acercamos a Walter Burkert, que en su libro clásico, Cultos mistéricos antiguos, analiza las características de los ritos iniciáticos, celebrados en honor a las principales divinidades de la Antigüedad mediterránea.
La iniciación – nos dice Burkert – es un fenómeno bien conocido por la antropología, debido a su recurrencia en multitud de culturas, tanto del pasado como del presente.
El origen del término iniciación contiene la raíz latina initia, procedente a su vez del griego Mysteria (μυστήρια) – es decir, “Misterios”, al trasladarlo al castellano – que en origen era el apelativo que designaba los ritos de Eleusis – señala Burkert – pero que acabó por identificar al conjunto de cultos iniciáticos que tenían lugar a lo largo y ancho del mundo grecolatino.
El Santuario de Eleusis acogía sus Misterios durante el mes de boedromión (Βοηδρομιών), el tercero del calendario Ático, ubicado entre septiembre y octubre de nuestro actual calendario gregoriano. Y que, a diferencia de cómo hoy dividimos las estaciones, correspondía al verano.
Tras un periplo ritual a pie desde la polis de Atenas, la comitiva de mystes (μύστης), es decir, iniciados (o en puridad, iniciandos, puesto que estaban en proceso de serlo) llegaban a Eleusis para cumplir con el momento culmen de los Misterios.
En la gran sala del Telestérion (τελεστήριον), durante la Noche Santa, experimentaban la epopteia (εποπτεια), la visión trascendente que les convertía en epoptes (Επόπτης), a saber, quienes “han visto”.

Un hilo a través del tiempo
En qué consistía aquella visión y cómo se inducía era un secreto bajo el auspicio de las leyes atenienses, que sancionaban cualquier revelación con el destierro o la muerte. Aún hoy continúa siéndolo, a pesar de los testimonios y evocaciones de la Antigüedad, y a pesar de las investigaciones e hipótesis contemporáneas, lo cual, es parte de su perdurable atractivo.
Por supuesto que, durante cerca de dos mil años como centro ceremonial, desde alrededor del 1500 ac – en época Micénica – y un largo periodo de esplendor, no sólo griego sino también romano, hasta el advenimiento de la Era Cristiana en el siglo IV, cuando el santuario fue destruido y abandonado, los Misterios de Eleusis y su fama evolucionaron y se expandieron. Y no faltó quienes, por curiosidad, despecho o inquina, quisieron profanar sus secretos. Poco importa.
Como poco importa, a fin de cuentas, las fórmulas de brebajes mágicos o los trucos sagrados con los que exorcizar la psique (Ψυχή), el alma y la mente de quienes en ellos participaban. Sino que, tal vez, lo que sí importe, aún hoy, sea la tentativa de dar respuesta a los anhelos profundos de hallar sentido a nuestro lugar en el cosmos, ya sea como colectivo, como cultura, ya sea como individuos humanos sintientes, diminutos y abrumados, por el insondable abismo de la existencia.
Hacia este anhelo trataremos de adentrarnos en la segunda parte de nuestro artículo.
Germà García, sociólogo intercultural y profesor, miembro de la PDA.
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BIBLIOGRAFÍA
Burkert, Walter. (2018). Cultos Mistéricos Antiguos. Trotta Editorial. Madrid.
Wagner, E. Carlos González. (2022). Las drogas sagradas en la Antigüedad. Alianza Editorial, S. A. Madrid.
Wasson, R Gordon, Hofmann, Albert y Ruck, Carl A. P. (1994). El camino a Eleusis. Una solución al enigma de los misterios. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México.